Han pasado 135 años desde que Chile ocupó territorios de Bolivia y Perú.
Durante este tiempo se han realizado varias acciones para revertir de
alguna manera los efectos negativos de esta acción. Territorialmente hablando de Bolivia ha
perdido Atacama y hasta la fecha no ha recuperado nada, y de recuperar
lo perdido, aún su problema no está resuelto, pues su comercio se
realiza principalmente por puertos antes peruanos como son Arica e
Iquique, más próximos o accesibles a sus principales centros económicos.
Bolivia realmente está lejos de ingresar a la carrera armamentista
entre Perú y Chile. Este último país considera suficiente haber
instalado minas eplosivas en su frontera con Bolivia. La OEA, con las resoluciones de
1979 y 1983, sobre el problema marítimo boliviano, ha consagrado la
multilateralización de un problema bilateral.
No es necesario, entonces,
solicitar una nueva resolución, sino plantear razonada y enfáticamente
que se cumplan las resoluciones plenamente vigentes sobre el tema. Mantener un diálogo
eternamente, sin avanzar a soluciones concretas, útiles y factibles es,
utilizando un término bien chileno, “marear la perdiz” o, en otras
palabras, hacerse la burla no solo de su interlocutor, sino del consenso
hemisférico sobre un problema que atenta contra la paz de la región.